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Riesgos emergentes: entre lo que sabemos y lo que apenas empezamos a entender

Hace poco leí un paper que aborda uno de los problemas más interesantes (y a la vez más complejos) en la gestión de riesgos: la dificultad para identificar y definir los riesgos emergentes.

El estado del arte en gestión de riesgos ha venido incorporando con más fuerza este concepto. Sin embargo, en la medida en que gana relevancia, también se vuelve más difuso y difícil de aterrizar en la práctica.

Y ahí es donde empieza el verdadero reto.


📌 ¿Qué es realmente un riesgo emergente?

Para algunos, el riesgo emergente se define como:

Esta diversidad de definiciones no es trivial. De hecho, la literatura muestra que no existe una definición única y consistente, a pesar del uso extendido del concepto. [1]

Sin embargo, el paper propone una idea que, desde mi punto de vista, es especialmente poderosa:

Un riesgo emergente es aquel en el que el conocimiento de fondo es débil, pero existen indicios o creencias justificadas de que un evento nuevo podría ocurrir y generar consecuencias relevantes. [1]


🧠 La clave no es el riesgo… es el conocimiento

Lo que más me llamó la atención de esta lectura es que el concepto de riesgo emergente no gira únicamente alrededor del evento en sí, sino alrededor del nivel de conocimiento que tenemos sobre él.

Esto cambia completamente la forma en que deberíamos abordarlos.

En términos simples:

El problema es que ese "sabemos poco" es exactamente la zona más incómoda para la gestión.


⚫ ¿Y qué pasa con los Black Swans?

El paper también conecta los riesgos emergentes con los famosos eventos tipo cisne negro.

Y aquí hay una distinción que vale oro:

En otras palabras:


🔍 El verdadero reto: identificar señales débiles

En la práctica, trabajar con riesgos emergentes implica desarrollar la capacidad de detectar:

Estas señales rara vez vienen con datos completos o modelos claros. Y ahí está el desafío: tomar decisiones con información incompleta, pero significativa.


🧩 Una reflexión desde la experiencia (lo que no dice el paper)

Aquí quiero cerrar con una reflexión muy personal, basada en la práctica.

En mi experiencia, hay al menos tres elementos que ayudan a aterrizar el concepto de riesgo emergente en las organizaciones:

1. El horizonte de tiempo importa

No toda señal débil es igual de relevante.

Un riesgo emergente debería analizarse considerando qué tan lejano o cercano es el horizonte en el que podría materializarse.

Esto ayuda a priorizar y evitar sobrecargar la gestión con señales que aún están demasiado inmaduras.


2. El impacto no es exacto (pero sí aproximable)

Es muy difícil cuantificar el impacto de un riesgo emergente con precisión.

Pero eso no significa que no se pueda gestionar.

En la práctica, es útil trabajar con órdenes de magnitud de impacto, lo que permite:


3. No todo es amenaza: también hay oportunidades

Algo que pocas veces se menciona es que un riesgo emergente no debería verse únicamente como algo negativo.

De hecho, puede representar:

Por eso, es clave habilitar su análisis tanto como amenaza como oportunidad.


✅ Conclusión

El riesgo emergente no es simplemente un "riesgo nuevo".

Es un concepto que vive en la frontera entre el conocimiento y la incertidumbre.

Y entenderlo bien implica aceptar que:

En un entorno cada vez más complejo, esa capacidad puede marcar una diferencia enorme en la resiliencia de cualquier organización.


📚 Referencia

Flage, R., & Aven, T. (2015). Emerging risk – Conceptual definition and a relation to black swan type of events. Reliability Engineering & System Safety, 144, 61–67. [1]

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